
Cafre, adjetivo, del árabe “Kafir”, infiel. Así llamaban los musulmanes a los negros del sudeste africano que no profesaban la fe mahometana, quienes, por lo tanto, eran “infieles al Corán”. Con el tiempo, para los árabes “kafir” fue sinónimo de “incrédulo”. Y más tarde, por incrédulo, el kafir fue “bárbaro”. Luego por bárbaro fue “cruel”, después por cruel fue “animal”, y posteriormente “bestia”, “selvático”, “patán”, “inhumano”…
Así las cosas, cuando la palabra cruzó las fronteras musulmanas, se expandió por todo el mundo como un adjetivo peyorativo, de mayor o menor gravedad según las regiones, pero en todos los casos significando “brutal en el más alto grado”. En España se la castellanizó como “Cafre”.
Caída en desuso en el Río de la Plata, la palabra “Cafre” tiene para los argentinos el encanto simpático que caracteriza a las palabras que forman parte del pasado y que sólo se escuchan en boca de algún foráneo o se leen en algún texto impreso en el exterior. Este último fue el caso de Adrián Canedo, primer baterista de Los Cafres, que la leyó en un libro sobre la historia de Bob Marley, escrito en España, allá por principios de los años ochenta.






